De México al mundo: altares de Día de Muertos ya ponen venezolanos, colombianos y hasta europeos
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Una tradición mexicana de siglos se ha expandido a otras naciones y comunidades en Los Ángeles y Europa. Los altares ya no son exclusividad de mexicanos: colombianos, venezolanos, guatemaltecos y salvadoreños también los construyen.
El altar de Día de Muertos es vivir, es recordar, es conmoverse. Más allá de las flores de cempasúchil con sus veinte pétalos, más allá de las fotografías de quienes ya partieron, las velas que encienden la noche y el humo del copal que perfuma el recuerdo, hay una razón profunda detrás de cada ofrenda: recibir a los muertos, hablarles, consentirlos y hacerles sentir que siguen presentes en este mundo de los vivos.
Cada elemento del altar carga un simbolismo que ha resistido el paso de generaciones. Las velas y candelas representan el fuego, esa luz que señala el camino a quienes vuelven. El incienso de copal, quemado con paciencia, limpia el espacio y abre la puerta entre el aquí y el más allá. Las ofrendas no son decoración: son mensajes dirigidos a alguien que se sabe querido.
A sus 94 años, Ofelia ha levantado altares en gran parte de California, en otros estados de la Unión Americana y hasta en Europa. Fue una de las asesoras para la película Coco, el largometraje que llevó la tradición mexicana de Día de Muertos a las pantallas del mundo entero. Hoy sigue dando pláticas y, pese a su edad, no ha dejado de poner altares.
Gracias, mamá, gracias, mamá Pola.
Ofelia es parte de esa generación que se niega a que la tradición se apague. Sus altares llevan comida casera tradicional, los platillos que los muertos amaban en vida, porque, como ella misma confiesa, la gente dice que lo mejor de todo son las comidas favoritas de quien ya no está.
Lo que en otro tiempo era un ritual exclusivamente mexicano ha encontrado nuevas manos en ciudades donde las comunidades latinas conviven. Hoy día, señala Ofelia, se ven altares puestos por venezolanos, colombianos, guatemaltecos y salvadoreños: personas de otras naciones que han adoptado esta tradición como propia. La difusión cultural en Los Ángeles, donde distintas comunidades conviven día a día, ha facilitado que el altar se convierta en un punto de encuentro entre pueblos que comparten lazos con la muerte y la memoria.
Detrás de esa expansión hay algo más que una moda pasajera: es la necesidad de darle un significado distinto a la muerte, de asumirla como parte inevitable de la vida y no como un tabú que se calla. La tradición mexicana enseña que existen tres muertes. La primera ocurre el día que damos nuestro último suspiro, cuando el cuerpo deja de respirar. La segunda llega el día que nos entierran, cuando dejamos de ver esta tierra para siempre. Y la tercera, la más temida de todas, es aquella en la que la memoria se borra, en la que nadie vuelve a pronunciar nuestro nombre.
Por eso cada altar, con sus flores, sus velas, su incienso y su comida, es una forma de combate contra esa tercera muerte: la del olvido. Poner un altar es decirle al mundo que alguien sigue aquí, recordado, querido y esperando cada 1 y 2 de noviembre.
Y si hasta los colombianos, los venezolanos y los salvadoreños ya ponen altares, quizá el mensaje de la tradición mexicana ha calado más profundo de lo que cualquiera imaginó. El altar no es solo cosa de mexicanos: es cosa de quienes entienden que la muerte no es el final, sino apenas otra forma de seguir viviendo.
[REGISTRO DE FUENTES Y COBERTURA CONSULTADA]
- [01] CRÉDITOS: Univision [CONSULTAR ENLACE EXTERNO →] [TIPO: FUENTE PRIMARIA]